MIS MECANISMOS DE DEFENSA

¿Qué son los mecanismos de defensa?

Son estrategias, principalmente inconscientes, que usamos para defendernos de situaciones, emociones, impulsos o pensamientos que producirían una angustia, malestar o estrés. Recurrimos a ellos cuando percibimos dañino, inadecuado o desbordante algún estímulo. El propósito de los mecanismos de defensa es proteger la mente o la idea que tenemos de quiénes somos, de una ansiedad excesiva o de posibles sanciones sociales, y proporcionar un refugio o alivio momentáneo frente a una situación que consideramos potencialmente peligrosa para nuestra autoestima. Sin embargo, el precio que pagamos al utilizarlos, es un oscurecimiento de la conciencia, es decir, reducimos nuestra capacidad de percatarnos, de darnos cuenta.

Mecanismos de defensa:

Introyección:

Todos  los dichos y expresiones que tantas veces hemos escuchado constituyen introyectos. Es decir, ideas que hemos recibido del entorno –a menudo familiar-, sobre cómo debemos ser y cómo han de ser las cosas. Estos mensajes, nos los hemos tragado pasiva e indiscriminadamente. Algunos ejemplos de introyectos son: “Tienes que ser bueno”, “Quien bien te quiere te hará llorar”, “Los hombres nunca lloran”, “El mundo es la ley del más fuerte”, “Es de bien nacido ser agradecido” etc.

El antídoto en terapia Gestalt a la introyección sería “masticar” todo eso que hemos tragado, es decir, atrevernos a cuestionar aquello que nos han dicho que somos, para incorporar lo que nos sirva y desechar lo que no.

Proyección: 

Se trata de poner, sin darnos cuenta, en los demás aspectos que son de uno mismo. Por ejemplo: “Mi compañero de trabajo me mira mal, yo creo que no le caigo bien, así que no pienso saludarle cuando lo vea”.  La persona que proyecta hacia el/la otro/a “cede” sus ojos, ya no puede ver sino que se siente vista. De este modo, renunciamos a nuestra responsabilidad y le cedemos el control de la situación al otro. Es necesario que nos hagamos cargo, y en el ejemplo, la persona necesita responsabilizarse de su propia hostilidad hacia el compañero.

Proyección e introyección forman parte del mismo fenómeno según la terapia Gestalt. Si me he “tragado” que tengo que ser bueno, entonces proyectaré mi parte de maldad en los demás. El antídoto para la proyección en terapia Gestalt consiste en reapropiarse de lo proyectado y asimilar partes que hemos negado de nosotros mismos. 

Confluencia:

La confluencia es una pérdida de los límites entre yo y el entorno, en donde existe una fusión con lo externo. Para la persona confluyente, los límites y las barreras que la separan del otro no existen. Se contagia de la emoción del otro, se funde en el conflicto ajeno, y la persona se queda “pegada”, le cuesta diferenciarse. Por ejemplo: “La verdad es que no me apetece ir a la fiesta, pero si se lo digo a mis amigos, se molestarán”, “NOSOTROS no estamos de acuerdo”.

El antídoto a la confluencia en terapia Gestalt es saber decir  “no”, atreverse a expresar una opinión diferente, atreverse a confiar en el propio criterio. En definitiva, aprender a diferenciarse del entorno y a elaborar una identidad propia e individual.

Retroflexión:

Es una vuelta del individuo contra sí mismo. Una agresión hacia nosotros, cuando en realidad convendría dirigirla hacia el exterior en forma de límites. Por ejemplo: “¿cómo he podido ser capaz de permitirle a mi marido que me grite?” “¿Quién me manda pasear por la calle a esas horas? Si hubiera sido más prudente…”. Las enfermedades somáticas obedecen a retroflexiones,  puedo tener una úlcera o deprimirme en lugar de enfrentarme a quien me perjudica.

El antídoto a la retroflexión en terapia Gestalt consiste en redirigir ese movimiento insano que hacemos con nosotros mismos hacia el exterior. Apropiarse de la propia agresividad (que no violencia).

Deflexión:

Según la terapia Gestalt,  la deflexión es una forma de enfriar el contacto con el otro, una manera de evitar relacionarme auténticamente con los demás, de escaparme de la intimidad.

Algunos ejemplos pueden ser reírme cuando estoy contando algo doloroso, irme por las ramas, hablar de cosas abstractas, hablar del futuro o del pasado evitando hablar de lo que ocurre en el presente, evitar el contacto visual, etc. El resultado de la deflexión es una desconexión de mi mismo y de los demás, que se traduce en aburrimiento, apatía o somnolencia.

El antídoto en terapia Gestalt a la deflexión,  es generar  un contacto auténtico en la relación terapéutica, en donde los asuntos difíciles no sean evitados, sino tratados. Esto genera una revitalización en la persona, más conectada y más presente.

Tomar conciencia de qué mecanismos estoy utilizando y cómo lo hago me ayuda a mantenerme en contacto con mis necesidades, dar respuesta a ellas, y autorregularme en función del entorno.

María Hernández Guerrero.

Acerca de María Hernández Guerrero

Neuropsicología, Logopedia Clínica y Escolar, y Formación del profesorado.
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