COVID-19 como estresor y fatiga pandémica.

Hace casi un año que empezó nuestra andadura en la pandemia mundial provocada por el COVID-19. Desde entonces mucha gente se ha visto afectada, no solo por el virus sino también por las consecuencias psicológicas que este y sus correspondientes limitaciones conllevan. Aunque los principales afectados en todo esto, según el Servicio de Atención Psicológica Temprana del Consejo General de la Psicología del Ministerio de Salud, son en especial dos grupos de personas (las personas de riesgo y, por otro lado, las personas que tienen con ellos muchos estresores), está claro que todos hemos observado cambios en nosotros mismos durante todo este tiempo. En este artículo, me gustaría que me acompañaseis por las distintas etapas que hemos ido pasando hasta hoy, el momento de la famosa “fatiga pandémica”.

¿Por qué la pandemia por COVID-19 se ha convertido en un estresor mayor?

La pandemia por COVID-19 ha sido considerada un estímulo estresor mayor en nuestras vidas y, como estímulo estresor, cuenta con características como: novedad, no predictibilidad, incertidumbre, ambigüedad y ausencia de control percibido. Con esto queremos remarcar que sentir estrés o ansiedad en estos momentos es lo más normal del mundo y es aquello que nos hace humanos. Debemos tener en cuenta que vivir una pandemia es, para nosotros y actualmente, algo completamente novedoso que nos genera muchísima incertidumbre. Además, nos encontramos en un momento en el que es difícil predecir qué va a ocurrir y cómo se van a ir desarrollando los acontecimientos. Si a todo esto le sumamos la ambigüedad que existe sobre este tema y el poco control que somos capaces de ejercer sobre lo que ocurre, tenemos todos los factores necesarios para estar frente a una situación estresante sin ninguna duda.

Fase de alarma.

Ante este estímulo estresor, es normal que emitamos una respuesta. Estas respuestas seguramente vayan dirigidas a afrontar la situación estresante de forma exitosa. Cuando empezó la pandemia nos sumergimos en una fase de alarma: era una situación nueva, sentíamos tensión y tuvieron lugar las primeras movilizaciones de nuestro cuerpo… ¡estábamos completamente activados! (¿os acordáis cuando compramos todo el papel higiénico de los supermercados?). Aquí, nuestro estrés, una respuesta emocional que nos ayuda a prepararnos para superar una amenaza, nos estaba movilizando para obtener recursos que nos ayudasen a sobrevivir (al fin y al cabo, el estrés no es tan malo, ¿no?).

Fase de resistencia y adaptación.

Pasó un poco el tiempo y vimos que el estresor, la situación de pandemia, seguía existiendo. El cuerpo no puede mantener la alarma durante tanto tiempo, por lo que entramos en una fase de resistencia y adaptación y nuestra activación bajó, pero se quedó de forma continua. Esta fase suelo relacionarla con el confinamiento, cuando salíamos todos a aplaudir al balcón, hacíamos deporte con Patry Jordán y nos hartábamos a videollamadas (¡qué buena forma de afrontamiento!).

Fase de agotamiento o “fatiga pandémica”

Pero como todo buen proceso de estrés, llegamos a la famosa “fatiga pandémica” o a la también llamada fase de agotamiento del estrés. Después de casi un año, si no hemos cogido buenas herramientas de afrontamiento y no hemos aceptado la situación que estamos viviendo, empezamos a estar cansados de todo y ¡ojo! Esto también es natural y humano; el proceso de estrés sigue unas fases y ahora, nos toca estar cansados de todo lo que está ocurriendo. Estamos notando que nuestro cuerpo y nuestra mente están agotados, que ya no podemos más y que, a veces, cuesta dar respuesta a las demandas del entorno (rendir del mismo modo en el trabajo, cuidar de nuestros hijos y atender el hogar como lo hacíamos antes, mantenernos en forma e ir al gimnasio con regularidad…). La situación no nos permite hacer todo lo que hacíamos antes, al menos del modo en el que hacíamos antes, y nuestro estado anímico, ¡tampoco!

Y al final… nos adaptamos o no. Sea como sea ¡no es malo!

Todo lo que nos está ocurriendo es normal. No podemos exigirnos todo lo que nos exigíamos cuando el COVID no vivía con nosotros. Ahora, toca aprender a ser menos exigentes con nuestro rendimiento, cuidarnos, darnos la posibilidad de hacer cosas que nos gustan, dedicar tiempo a relajarnos, a agradecer por las cosas buenas que seguimos teniendo en nuestro día a día, a disfrutar de los nuestros de forma nueva. No sé si sois conscientes de lo que nos hemos acostumbrado y adaptado a la situación. Yo reconozco que, a veces, viendo Netflix, cuando la gente se abraza o va a discotecas, durante milisegundos me dan ganas de gritarles “¡Pero qué hacéis! ¡Que hay COVID!” Al final, el ser humano es un ser capaz de adaptarse a los cambios y el COVID nos a traído un gran reto al que estamos aprendiendo a adaptarnos también. Pero, ¡recuerda! Muchas veces, cuando la situación supera nuestros recursos percibidos y empezamos a ver que no somos capaces de adaptarnos o que otras áreas de nuestra vida se empiezan a ver afectadas más allá de lo que la pandemia conlleva, quizá sea momento de recurrir a un profesional que pueda apoyarte y acompañarte en este proceso.

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