Cuidado con lo que decimos

Las palabras tienen una importancia muy grande en cómo percibimos el mundo. Es una forma muy útil para poder entender las experiencias de las otras personas a través de sus ojos. Desde que somos niños, vamos creando nuestra propia imagen a través de las cosas que hacemos y sentimos, pero también a través de lo que nos dicen los demás de nosotros mismos.

Esto es lo que acaba configurando un autoconcepto en cada uno de nosotros. Este autoconcepto está configurado por lo que pensamos de nosotros mismos, a través de nuestras vivencias, aprendizajes, formas de actuar ante determinados eventos, personalidad, etc. Es nuestra opinión de cómo creemos que somos, pero puede no coincidir con lo que trasmitimos a los demás. Por eso, otra parte importante del autoconcepto es lo que nos trasmiten los demás de cómo somos. La información que obtenemos de nosotros mismos a través de los ojos de nuestros familiares, amigos, conocidos e incluso desconocidos. Es un término que suele llamarse Feedback, porque es lo que los demás refieren de nosotros, su opinión.

Este Feedback puede coincidir o no con cómo nos vemos nosotros, pero suele influir bastante en cómo nos comportamos a raíz de haberlo recibido. Qué duda cabe que la opinión de los demás puede que nos afecte en un grado más o menos alto, pero todo lo que se dice, a la larga puede tener consecuencias en nuestra autoestima y por tanto en el autoconcepto. Es por esto que es muy importante cuidar lo que le decimos a los demás, y que duda cabe que aún más lo que le decimos a nuestros hijos.

El hecho de decirle a un niño que puede o no puede hacer algo va a determinar las intenciones de hacerlo o no. No hay mayor barrera para un niño que la falta de confianza de los demás en sus habilidades o capacidades. Como adultos, somos figuras de autoridad para ellos, por lo tanto, nuestra influencia puede llevarles a desconfiar de sus propias habilidades a pesar de haber sido capaces de realizarlo anteriormente.

Aquí entra en juego lo que denominamos las etiquetas. Como seres humanos que somos, tenemos la necesidad de poner nombre a todas las cosas como modo de organizar. Cuando esto lo hacemos con otras personas haciendo que esa denominación de “vago”, “malo” o “lento” podemos caer en el error de creernos esa etiqueta y continuar pensando de la otra persona eso con lo que le hemos etiquetado. El problema viene en que no solo nos lo creemos nosotros que hemos puesto la etiqueta, sino que la otra persona puede acabar por creérsela y actuar de acuerdo a ella.

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Si esto es así, vamos a imaginar el efecto tan grande que tienen las etiquetas a la hora de ayudar al niño en su desarrollo. Un niño que ha crecido con la etiqueta de vago porque una asignatura no se le daba bien o no le gustaba, puede extender esta etiqueta a todos los ámbitos de su vida “como soy vago no voy a hacer esto”. Se resigna a lo que dice su etiqueta.

Los adultos a menudo caemos también en esta trampa lingüística, “mi hijo como es vago no estudia y suspende”, con lo cual, no le preguntamos el por qué de haber suspendido o de no haber estudiado, asumimos que es su forma de ser perpetuando el problema.

Es por esto que desde APAI recomendamos:

  • Evitar el etiquetaje de cualquier persona: tanto de niños como de adultos.
  • Especificar qué conducta se está haciendo mal: es diferente decir “eres mal estudiante” a “esta asignatura no se te ha dado bien” o mejor aún “este examen no lo has estudiado suficiente pero puedes hacerlo mejor en el próximo”.
  • Fijarnos en lo que se hace bien, más que en lo que se hace mal y potenciarlo.
  • No resignarnos a la etiqueta: porque la gente nos etiquete de algo no quiere decir que sea real o que no lo podemos cambiar.

 

Acerca de Elia Pesquera Pérez

Psicóloga Sanitaria del centro APAI. Número de colegiada: 33188. "Nunca sabes lo que puede pasar"
Esta entrada fue publicada en actitud, adultos, autoconocimiento, conciencia, confianza, educacion, emociones, hijos, Infanto-juvenil, pensamientos, Sin categoría y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

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