MAMÁ, ESCÚCHAME

Ismael y yoAyer, mi pequeño de 7 años volvió a darme luz.

Después de un conflicto con su hermano menor, de esos en los que el niño desafía y los padres intentamos mantener un tono sereno y coherente (cuando lo intentamos), pero no podemos evitar esa cara que refleja tensión y disgusto por lo ocurrido, mi pequeño me comenta: “mamá, a mis amigos esta tarde les decía que eres muy buena pero que hace una semana o así que has cambiado y se te ve más enfadada todo el rato”.

Trallazo directo hacia mi labor como madre, pensamientos negativos que se agolpan y emociones de enfado, disgusto y malestar que amenazan con salir a borbotones; y viendo el tsunami que se acerca… me lo paro.

Busco la distancia con esas emociones, con esos pensamientos y me quedo simplemente ahí, escuchando a mi hijo. Me doy cuenta de la grandísima oportunidad que me está brindando. De lo inmensamente generoso que está siendo al decirme de una manera sincera lo que piensa y siente, aún a riesgo de provocar en mí más enfado y su posible consecuencia. Del amor incondicional que me muestra ayudándome a sacar la mejor versión de mí.

Este post tiene la intención de hacernos reflexionar como padres acerca de la interacción que mantenemos con nuestros niños, qué valor y calidad le damos a sus palabras, cuánta cantidad de ellas les permitimos expresar en la dinámica familiar o al menos cuánto nos permitimos escuchar para preservar nuestra zona de confort mental.

Aquí os propongo algunos aspectos que podemos tener en cuenta; quizá si los tuviésemos más presentes nuestros hijos no tendrían la necesidad de manifestarse así como en ocasiones lo hacen.

Reconciliarnos con nuestro niño interior. Muchos de los comportamientos que tenemos como adultos en relación a los niños, tienen que ver con cómo fuimos tratados como niños. Así, ese patrón de comportamiento que los adultos tuvieron con nosotros lo repetimos, a veces incluso de manera involuntaria, simplemente como lealtad hacia ellos. Niño interiorNos es muy difícil en ocasiones conectar con la vivencia interna del niño. Se nos hace escasa la capacidad de escucharlos, sentirlos y comprenderlos; sólo sentimos nuestro malestar y nuestro vacío emocional, no el de ellos. Esto es así, en parte, porque en su momento no fuimos suficientemente escuchados, sentidos y comprendidos.Y esto, nos cuesta reconocerlo. Sin embargo, al igual de generoso que fue ayer mi hijo conmigo, toca hacer este ejercicio de amor y respeto hacia nuestros propios adultos, admitiendo que hicieron con nosotros lo mejor que pudieron, aunque en ocasiones no fuera suficiente. Que a veces nos dieron poco porque a su vez ellos también recibieron muy poco. Y este reconocimiento, desde el afrontamiento de la realidad, sin dejarnos arrastrar por las emociones, de una manera neutra… desde ese amor incondicional de niño.

Buscar la coherencia entre lo que decimos y lo que queremos decir. Cuando le decimos a nuestro hijo: “Cállate” o “Aquí se hace lo que yo te digo porque soy tu madre…” ¿Nos paramos a pensar en el mensaje que le estamos dando? Muchas de las veces esa respuesta es no, porque de otra manera, nuestro amor de padres nos impediría expresarnos así. Probablemente el mensaje oculto, el que se cuece en nuestro interior, es algo como: “Esta situación me hace sentir mal porque si te dejo expresarte podría suponer una falta de respeto hacia mi autoridad, esa que me ensañaron a respetar por encima incluso de mis necesidades, esa que si dejo si quiera que roces me hará sentir el temor de perder el control”. Sin embargo, no decimos algo ni parecido a esto. . PalabrasEn esta ocasión el ejercicio es el de confrontar a nuestro personaje, ese que se ha construido en base a la educación recibida, a todo un sistema de creencias y de estructura mental, con nuestra esencia, aquella que realmente somos una vez liberados de esa carga emocional. Si somos capaces de sobreponernos a nosotros mismos, de estar por encima de este “tringlado” mental que nos hace relacionarnos con nuestros hijos sólo desde ese plano, nos daremos cuenta de que en esencia, el hecho de que nuestros hijos aporten ideas, experiencias y comportamientos es pieza indispensable en este puzle que llamamos familia. Todo suma. Sus aportaciones amables se convierten en disfrute; las menos agradables, en oportunidad

Aceptar el tiempo disponible. Ese gran enemigo de los padres en la sociedad actual: la falta de tiempo. Somos conscientes de que en general, dedicamos poco tiempo a nuestros hijos, simplemente porque no lo tenemos. No se trata aquí de alargar los tiempos si eso resulta imposible, pero sí hacerlos de calidad. De priorizar en ellos cuando se está con ellos. De “entrar” en su mundo de lleno. TiempoSe trata de que nos sientan, que nos vean al 100%, no con una parte de nosotros en ese email de trabajo que enviar, ese whatsapp que mandar o la lista de la compra que hacer. Se trata de tomar conciencia de nuestro tiempo disponible y dedicarlo a cada cosa, incluidos ellos, de manera plena. A la vez que favorece la comunicación con nuestros hijos, estaremos aportándoles un modelo de responsabilidad y respeto hacia nosotros mismos que será tremendamente positivo en su desarrollo como personas.

Anoche, cuando acostaba a mi hijo mayor, le dije al oído: “Cariño, tienes razón. Me he equivocado estos días y voy a intentar hacerlo mejor. Muchas gracias por decírmelo, sin ti igual no me habría dado cuenta. ¿Podrías ayudarme a recordármelo si ves que vuelvo a equivocarme? “ “No pasa nada, mamá” –me contestó- “no te preocupes, yo te lo recordaré”.

Trato hecho, hijo.

Acerca de Ana Perez Dominguez

Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. •Psicóloga experta en Psicología Educativa. •Formación de postgrado de Especialista en Lenguaje por el Instituto de Lenguaje y Desarrollo. •Formación en estimulación del lenguaje en la primera infancia en ICCE .Practitioner en Terapias Energeticas (Reiki, Metodo Yuen)
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2 respuestas a MAMÁ, ESCÚCHAME

  1. Me como a tu hijo…es una monada…lo que hay que aprender de ellos, es increíble…y sobre todo, aprovecharlo!Gracias por tus palabras.

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